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1 octubre 2013 2 01 /10 /octubre /2013 09:19

 

ARTÁIZ - V - EL MAESTRO CONSTRUCTOR

 

Por Simeón Hidalgo Valencia (01-10-2013)

 

 SOLSTICIO-VERANO-ARTAIZ-23-06-2013--10---800x600--copia-1.jpg

 

Sentado bajo su portada recién acabada el maestro busca un momento de reposo. El día ha sido largo y ajetreado. No está ya para tanta ceremonia y ahora que todos se han ido ha dado un suspiro de alivio.

 

 Se ha quedado solo. Las fiestas de inauguración han terminado y todos los invitados, grandes señores, abades, priores, obispos y hasta el rey, con sus séquitos respectivos, han partido.

 

 Sentado bajo su portada siente el frescor del atardecer y con el ocaso del día su mente se llena de recuerdos. Uno tras otro se le amontonan y tiene que llamarlos al orden. Así puede recordarlos mejor. Sin prisas, con calma. Pasa el tiempo.

 

Sentado bajo su portada recién inaugurada el maestro piensa en retirarse. Los años no pasan en balde y los achaques de su cuerpo piden atención. Está cansado. En cuanto terminen estos faustos recorrerá a su ritmo y a su paso el camino de las estrellas. Allí, en el fin del mundo, quiere entregar su cuerpo a la tierra y su espíritu al infinito.

 

Cabizbajo repasa su obra y la ve hermosa y lograda. Su espléndida portada ha causado comentarios de aprobación y el mismo señor, el poderoso obispo y hombre sabio, Pedro, se ha mostrado generoso al igual que el también sabio y poderoso rey  Sancho, su rival aliado. Ambos le han dado audiencia para recompensarle por su buen hacer. La cita es en el cercano castillo de Legin, así que tendrá que permanecer todavía unos días más en esta aldea de Arteyz, en la humilde casa que ha sido su morada durante la construcción de la iglesia. 

 

Cuando levanta la mirada los primeros luceros de la noche ya brillan en el cielo y el resplandor del ocaso pugna con la oscuridad. 

 

-Esta es mi última obra, se dice.

-A partir de ahora atenderé cosas más importantes. 

 

P3210223-1--800x600--copia-1.jpgAlguien en su portada ha escuchado el pensamiento del maestro constructor. 

 

-¿Consideras acaso poco imparte lo que has realizado hasta ahora? Oye que a coro le hablan.

-Sólo con este edificio que has construido  mereces que tu rostro y nombre figuren en la fachada. 

 

El maestro constructor se sorprende al oír voces. Cree que la edad empieza a hacer de las suyas.

 

-No como el engreído del señor obispo, prosiguen, que una vez terminada la obra ha tenido que estropear su armonía. Ahí lo tienes haciéndonos la competencia a los dioses! ¡Y menos mal que se ha contentado con aparecer bajo el alero y no en los capiteles de la portada! 

 

-¿Es mi mente la que desvaría?  

 

Mira en rededor por ver quien así le habla. Nadie.  

 

-Habrá sido mi imaginación, que me hace oír voces, se dice. 

 

Pero son voces reales. Los sonidos penetran por sus oídos y la voz grave que los emite es dura como la piedra. 

 

-¿Quién puede conocer tu pasado, verte y guiarte en este momento y descubrirte el futuro? 

 

La voz suena por encima de su cabeza. Levanta la vista y contempla el bello y armonioso capitel de donde parece salen las palabras. 

 

-¡Imposible!, se dice. 

 

No da crédito a lo que ve ni a lo que oye. No es posible que la piedra hable. Por perfecta que sea la talla labrada no ha podido insuflarle vida. Por más que tenga tres bocas no puede hablar. Las ha tallado en la piedra. Son mudas. 

 

-Sí, soy yo quien te lo dice desde el futuro de los tiempos nuevos. ¿Acaso los dioses no tenemos desde los tiempos antiguos poderes que los humanos ansiáis? ¿Acaso tú mismo, creado a semejanza de los dioses, no nos has tallado con unas poses y gestos  congelando nuestra palabra en un momento? 

 

El maestro se yergue para mirar cara a cara  a quien le habla. 

 

-Sí, ya ves, soy yo. El que abre y cierra los tiempos. El que estoy junto a vosotros, los humanos, para guiaros en vuestras decisiones. 

 

El maestro constructor escucha con atención y de refilón le parece apreciar que el resto de las tallas giran sus rostros, guardan silencio y también escuchan. Retrocede unos pasos y desde la distancia observa claramente que las figuras del alero también han cobrado vida. Su cabeza le da vueltas en este mundo trastocado por la irrealidad, pero no le extraña ni asusta. Al fin y al cabo durante toda su vida ha puesto a prueba la mente de las gentes. Ha realizado figuras talladas en la piedra con gestos, posturas, expresiones, deformaciones y poses imposibles. Ha creado deformidades y engendros entre bestia y humano que más pertenecen al mundo extraño de los sueños. Pero esto es real. Oye el murmullo  de sus comentarios. Ve el movimiento de sus rostros que asienten.   

 

OBISPO-TRIFRONTE--800x600-.jpgHasta las tres águilas de la portada han abandonado su puesto y  han levantado el vuelo. Quieren contemplar desde la altura el rostro de este osado señor por ver si es merecedor, por el hecho de haber construido esta sagrada morada, de participar del don que los dioses reservan a muy pocos mortales. Desde la altura su potente mirada traspasa la piedra y  ve lo más recóndito de su alma. Su juicio es unánime. No ha hecho méritos suficientes como para ser merecedor de su contacto y pronto regresan a sus puestos y permanecen expectantes, como el resto de los personajes. 

 

-Ya ves, maestro constructor, aunque domines el arte antiguo de la talla de la piedra, aunque tú nos hayas creado y dado larga vida, aunque los dioses te hayan concedido el don de la creación, ante estos señores poderosos de esta época no eres más que su caballo.  

 

-Se creen poderosos por poseer oro y plata. Se creen fuertes por dirigir grandes ejércitos. Se creen libres por dominar a sus siervos. Se creen dioses por lucir vestimentas rituales, pero no superan la prueba profunda de la mirada. Ante ella son polvo y cenizas. No son dignos de figurar entre este elenco de actores, pero esas sus creencias les  permiten ordenar a su gusto en cualquier momento y lugar. No importa que el edificio ya esté terminado. Su voluntad y capricho de figurar como el constructor de esta iglesia ha hecho romper el equilibrio y la armonía  que habías conseguido con tu saber hacer. 

 

El anónimo maestro constructor escucha atentamente. No dice nada, pero desde su posición de hombre libre está de acuerdo con lo que acaba de escuchar.  

 

Él, ha dirigido su propio ejército formado por maestros, oficiales y aprendices de las distintas ramas de la edificación.  

 

Él, ha dado las órdenes, revisado y aprobado el trabajo de cada jornada.  

 

Él, ha velado por las necesidades del cuerpo y del espíritu de sus compañeros. Les ha garantizado el pan y la sal, el modo de vida y la asistencia espiritual mientras se realizaba  la obra.  

 

Él, ha estado al frente de este proyecto y con sus canteros, carpinteros, herreros y demás  gremios lo ha llevado a cabo. 

 

En más de una ocasión le tentó el orgullo y a punto estuvo de escribir su nombre abiertamente y añadir "ME FECIT " y comunicar así a las gentes instruidas el auténtico hacedor de esta obra. Sin embargo, su juicio le ha contenido y mantenido en el anonimato, aunque sabe que ya algún maestro ha osado rebelarse ante lo que es norma y costumbre. 

 

Leodegarius, el gran maestro de la obra de Santa María de Sangüesa ha sido el más atrevido y abiertamente lo ha escrito en el libro abierto que muestra la misma madre del Salvador. Toda persona que sepa las letras y no haya perdido el don de la visión  podrá leer su nombre porque no lo ha escondido. Está a la vista. 

 

-Cosas de la juventud rebelde, se dice. 

 

Él, a su edad, no quiere complicarse la vida. Sabe que lo importante no es su nombre, sino el conjunto de la obra realizada entre todos. Sabe que no es la firma sino el mensaje lo que ha de perdurar a lo largo de los tiempos y por ello no hay que distraerlo con detalles superfluos.  

 

-Observa conmigo la talla de este personaje, le dice una de los tres rostros del mismo dios.

-Acompáñame  a tiempos de gloria de los constructores antiguos. 

 

Siente cómo es elevado por los aires mientras pierde la conciencia por un instante. Despierta en un mundo distinto al suyo. Una ténue claridad ilumina el lugar. Cuando sus ojos se adaptan distingue con claridad lo que pasa a su alrededor. 

 

-¿Donde estamos? pregunta a su guía, a la vez que adivina los movimientos que en torno suyo realizan cientos de hombres, mujeres y niños. Le resultan familiares, aunque no haya contemplado en su vida tanto trajín y menos en las horas en que apunta el alba y el sol todavía no asoma por el horizonte. Casi desnudos van y vienen como hormigas de un hormiguero bien organizado. Cada cual realiza su trabajo.  

 

OBISPO-2--800x600-.jpg-Estamos en el mundo antiguo de los grandes faraones. Como en tu mundo, también en éste, grandes señores y reyes poderosos pretenden llegar al fin de los tiempos y se levantan monumentos a su propia memoria. Sus gentes, porque todos los trabajadores que alcanzan a ver tus ojos son vasallos del gran rey, viven por él y para él. Son sus siervos y su vida tiene sentido por servir a la encarnación del dios supremo. Aunque ellos mueren levantando la tumba del gran faraón y edificando las moradas de sus dioses, es él quien la levanta y los  construye. Son obra suya. 

 

Al maestro constructor todo eso le suena y se da cuenta de que poco se ha cambiado en este aspecto. A otra escala, también en su tiempo los grandes son los señores, los poderosos dominan y los dioses siguen encarnándose en humanos salvadores y protectores de las gentes humildes. Se pregunta si será una de las leyes divinas. 

 

-Observa la ceremonia que se realiza en la gran explanada que tenemos enfrente. La preside el gran faraón. 

 

Al maestro constructor no le resulta difícil reconocer el tipo de ceremonia que se realiza entre cánticos, salmodias, bailes rituales y ofrendas, pues no hace mucho tiempo que también él, sin tanto boato, realizó una operación semejante a la que, intuye, se va a realizar, pues el sol está a punto de aparecer por el horizonte.

 

Fue en el equinoccio de la primavera de hace tres años cuando llevaron a cabo la ceremonia de la orientación y replanteo de la iglesia que el poderoso señor y sabio obispo de Pamplona mandó levantar para ganarse personalmente el cielo, aunque lo que ve tiene un ceremonial que desconoce. 

 

El grupo de gentes de ricas vestimentas y tocados avanza en procesión entonando salmodias dirigidas a Ra, origen y sustentador de la vida. De dos en dos avanzan por el centro de la explanada. Sus largas túnicas blancas contrastan con los sencillos paños que cubren los cuerpos del gentío de trabajadores. Al paso del cortejo  dejan el trabajo y forman un largo y ancho pasillo por donde transitan los trescientos sesenta y cinco sacerdotes del dios solar. Se detienen a la vez cuando los que abren la comitiva llegan a un punto determinado. Uno frente al otro han formado un largo y amplio pasillo. El faraón, dios y gran sacerdote, cierra el cortejo. Sus hermosas vestiduras destacan sobre las de los demás. En su cabeza la tiara real. En su mano izquierda porta el ojo de Ra. A un gesto suyo cesan los cánticos. Un silencio expectante invade la explanada. 

 

El sumo sacerdote introduce la gran vara que sostiene el ojo divino en la tierra y sus ayudantes lo fijan y comprueban con las plomadas la perfecta verticalidad. Lo ha colocado entre los dos primeros sacerdotes que abrieron el cortejo. En el otro extremo el faraón, con su ojo divino, recibirá la luz y será quien marque el lugar que la luz y la sombra indiquen. En ese punto se colocará la efigie de Ra. Será la morada de dios en el nuevo templo que en su honor se inicia. A su vez dos de los sacerdotes, se acercan desde cada extremo hasta el centro del cortejo. Reciben el rollo de fina y nueva  cuerda de lino trenzada para esta ceremonia. Uno de ellos toma la punta de la cuerda. Frente a él su compañero lo mantiene por el carrete de madera donde está enroscada. Sin dejar de mirarse caminan despacio de espaldas cada cual hasta su lugar. La cuerda se extiende a todo lo largo, desde la señal colocada por el gran sacerdote hasta el punto que marcará el rey. Todo está ya dispuesto para recibir el primer rayo divino que indique el camino. 

 

Se ha hecho el silencio total y todas las miradas se dirigen al punto del nacimiento del sol. Aparecen los arreboles del alba. El sol está a punto de asomar. De repente, en un  parpadeo, el primer rayo divino incide sobre el testigo fijado en el suelo y su sombra se proyecta a lo largo. El faraón, desde el punto central de lo que será la morada del dios, busca la línea del sol y coloca el testigo en línea con el fijado por el sumo sacerdote y sus ayudantes.  Una vez conseguida la alineación otros dos sacerdotes lo sujetan al suelo. Con los dos testigos fijados y alineados, los portadores de la cuerda la tensan y sujetan a ras del suelo atándola a los testigos. El eje central del templo está conseguido. A partir de él los arquitectos seguirán el replanteo de cada una de las partes del templo. 

 

-Ya ves de dónde viene tu ciencia, maestro constructor. El conocimiento ha ido pasando de generación en generación y se ha mantenido vivo hasta tus días y tú mismo has realizado, sin saber sus orígenes, esta misma operación. Vuelve a oír que le hablan a coro.  

 

Sin saber cómo, se encuentra sentado de nuevo bajo la portada recién inaugurada. Le parece que se ha quedado dormido y que ha soñado. Se incorpora, toma su bordón y se encamina hacia su casa.  

 

Con las últimas luces del ocaso todavía se distingue la silueta del gran obispo constructor de la iglesia. Ahí, bajo el alero, rompiendo el equilibrio del templo, se muestra orgulloso y poderoso como un dios. Sus largas y ricas vestiduras son testigo de su categoría. La mitra con la que cubre su cabeza luce franja coronada, y además del círculus ha mandado a su sastre la adapte a la nueva moda y le coloque el títulus  vertical en la parte central de la misma. Su poder, su riqueza, su señorío se manifiesta en las largas ínfulas que le cuelgan por la espalda y en las piedras preciosas que ha mandado insertar. Con todo su poder se le ha retratado por cinceles magistrales. Las mismas manos que han esculpido al dios junto al que se encuentra, en la pretensión de ser uno más. Desde lo alto desafía al mismo rey a quien considera de rango inferior. Como gran señor poderoso y como obispo bendice con su mano derecha y clava en el suelo la pértiga con el ojo divino.  

 

Al verlo, el maestro constructor se rebela en su interior y tiene fuerzas para decirse:

 

P6230678-1--800x600-.jpg-Yo y sólo yo soy el auténtico constructor de esta iglesia, se atreve a pensar, a la vez que lanza una mirada compasiva a quien desde lo alto se lo considera. 

 

Mañana se levantará con los primeros momentos del alba. Ha de estar preparado y listo porque a la prima hora, con el nacimiento del nuevo sol, el obispo Pedro presidirá el rezo de laudes, dando así  inicio a los fastuosos actos de consagración  de su iglesia.  

 

 

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